Esta historia empezó con una necesidad personal hace ya casi una década. Laura García y Héctor Nebot habían tenido a su primer hijo, pero, cuando empezó a andar, no encontraron un calzado que respetara, a su juicio, las pisadas iniciales del pequeño y encajara con su filosofía de «crianza respetuosa».
Frustrados por un mercado dominado por el calzado rígido, que no querían, se inspiraron en tendencias internacionales para diseñar y crear unos zapatitos alternativos.
Entonces no lo sabían, pero los primeros pasos de su hijo iban a ser también los de Zapato Feroz, una marca que ahora factura 11 millones de euros anuales y es un referente el movimiento del calzado barefoot [también llamado minimalista, que permite que el pie se mueva de forma natural] en España.
Inicialmente, la pareja compaginó el emprendimiento con su trabajo por cuenta ajena
“Nuestra marca crece con Roc, nuestro hijo. Cada nuevo modelo responde a sus pasos y a los de miles de familias que quieren calzado que cuide de verdad”, explicaron los fundadores de Zapato Feroz.
“No veíamos cosas en el mercado español que nos gustaran y decidimos crear los zapatos para él”, rememoró Héctor Nebot en declaraciones para este medio. Su pareja, Laura García, diseñadora industrial con 20 años de experiencia en el sector del calzado, y él, aplicando sus conocimientos de ingeniero de telecomunicaciones, encargándose de la logística, crearon un “producto mínimo viable” en casa. “Terminábamos los zapatos nosotros: montaje, martillado, incluso los poníamos al sol o en el horno para secarlos”, recordó Nebot.
Probaron los primeros con amigos y familiares, cuya reacción entusiasta les animó a seguir. “Montamos una web para ver si alguien nos compraba”, explicó Héctor. Aquella plataforma fue su primer escaparate virtual y, durante dos años, Zapato Feroz fue un side project que compaginaban con sus trabajos y la crianza de su hijo, trabajando por las noches cuando el pequeño dormía.
El punto de inflexión llegó en 2018, cuando los pedidos crecieron exponencialmente. “En algún estreno tuvimos 200 o 300 pedidos en un día, y nos llevaba dos o tres días prepararlos en casa”, relató Nebot. Fue entonces cuando encararon el dilema de contratar a alguien para que les ayudara o dejar sus trabajos por cuenta ajena para dedicarse plenamente a emprender como zapateros.
La pareja optó por lanzarse, motivados tanto por el potencial del negocio propio como por “disfrutar más de la infancia de nuestro peque”, confesó Nebot. García, que trabajaba para una empresa alemana de calzado y viajaba frecuentemente, y Nebot, con poca flexibilidad laboral, encontraron la oportunidad para establecerse como autónomos y montar una sociedad.
Crecieron de forma orgánica, sin necesidad de financiación, con el respeto como filosofía empresarial
Sin experiencia previa como empresarios, se guiaron por la intuición. “No tuvimos que pedir financiación ni levantar rondas. Reinvertíamos todo lo que ganábamos”, explicó Nebot. Su “plan de negocio” era sencillo: “hacíamos cálculos básicos, como cuántos pares debíamos vender para llegar a 1000 o 2000 euros. Nunca hemos sido de planes de empresa detallados”. Esta flexibilidad les permitió crecer orgánicamente.
“Al principio no tienes ni idea de nada. No te sientes empresario, ni experto en marketing, ni en marca”, admitió Nebot. Sin embargo, su experiencia directa en cada proceso –desde diseñar y coser hasta empaquetar y atender clientes les dio una ventaja única. “Nadie te puede contar lo que cuestan las cosas, porque has pasado por todas las áreas”, subrayó. Esta visión integral les permitió delegar con confianza cuando el equipo creció hasta las 14 personas, tras abrir una tienda física y oficinas en Paterna.
Pero no todos los pasos fueron sencillos. “Al principio éramos el pez contracorriente. Grandes marcas nos hacían daño a nivel publicitario y con cosas feas”, reveló Nebot. Pero su comunidad, construida a partir de valores compartidos, fue su mayor fortaleza.
“Intentamos ofrecer no solo zapatos, sino valores, información y acompañamiento”, explicó. Una amiga les ayudó con el marketing inicial, “disparando a todos los palos”, pero el boca a oreja y la recurrencia de clientes fieles marcaron la diferencia. “Al final, lo que te avala es que pasen la tarjeta una y otra vez”, sentenció.
Zapato Feroz nació de una forma de entender la crianza de su hijo, una filosofía basada en el respeto que “empieza por los pies” con calzado de puntera ancha y suela flexible pero han trasladado esta forma de entender el mundo a toda su cadena de valor. Desde la producción hasta la venta.
Inicialmente, trabajaron con talleres locales de la Comunidad Valenciana, pero pronto necesitaron un salto de calidad. “Por temas productivos, laborales y sociales, no lo teníamos en esos talleres”, admitió Nebot. Pero gracias a los contactos y experiencia en el sector de su pareja encontraron en Portugal una fábrica que encajaba con sus necesidades.
Un momento clave llegó tras la pandemia, cuando esta factoría se vio abocada a cerrar. “Estábamos muy contentos con ellos, así que hablamos con el gerente y le aseguramos producción para dos o tres temporadas”, explicó Héctor. Apostaron por ellos y eso permitió al gerente comprar la fábrica, repartir participaciones entre empleados y salvar 90 empleos.
Hoy, la fábrica produce exclusivamente para Zapato Feroz, con una relación de confianza mutua. “Están emocionalmente ligados a nosotros, y la colaboración es genial”, añadió con satisfacción. Este enfoque contrasta con las deslocalizaciones a países asiáticos, comunes en la industria, y refuerza su apuesta por la economía de proximidad y las condiciones laborales justas.
Estos autónomos han creado un parque temático del respeto a la infancia
En 2024, Laura y Héctor materializaron su visión en Ferozland, un espacio de 4.000 m² en Paterna (Valencia) en el que los más pequeños juegan y aprenden en una sala de movimiento libre, jardín y bosque. Algo así como una zona de esparcimiento para que los niños se desarrollen en el que también disponen de tienda y las oficinas de Zapato Feroz.
Héctor Nebot y Laura Garcia no inventaron el calzado respetuoso, pero fueron unos de los pioneros en España en defenderlo y llevarlo a la práctica como negocio. Nebot lo resumió como “difundir el respeto a la infancia, empezando por los pies”. Este respeto se extiende a su producción bajo demanda, empaquetado sin residuos y diseño atemporal.
Buen ejemplo de ello es la coherencia que mantuvieron durante la pandemia. Durante el confinamiento prefirieron hacer pedagogía con su clientes explicándoles que no hacía falta comprar zapatos para niños si no iban a salir de casa ya que, para esta corriente educativa, lo suyo es que vayan descalzos. Registraron menos ventas pero se mantuvieron fieles a sus principios, y su gestión financiera prudente sin grandes costes fijos les permitió capear el temporal.
Actualmente, con 11 millones de euros facturados al año, se enorgullecen de que grandes marcas estén adoptando el calzado respetuoso, ya sea por moda o por convicción. “Nos llena de orgullo ver que no estábamos tan locos”, reflexionó el fundador de Zapato Feroz. Una “locura” por el respeto a los niños y el calzado coherente que comparten muchas familias españolas que, al fin y al cabo, son las que han confiado en su marca desde la fabricación rudimentaria del calzado hasta su éxito actual.













